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jueves, 10 de septiembre de 2015
Refugiados sirios: éxodo de conciencias en la UE.
Mucho se ha escrito en los últimos meses, sobre todo en estas pasadas semanas, acerca de la situación por la que están pasando miles, cientos de miles, más bien millones de sirios en su periplo hacia Europa huyendo del terror y de la masacre.

Mucho se ha escrito desde diferentes puntos de vista: político, económico, jurídico, moral, ético, etc… Y mucho se va a seguir escribiendo en lo que queda de año, porque la pesadilla aún no ha acabado (pesadilla para el pueblo sirio, entiéndase bien).


Se ha escuchado, escrito y leído que el problema de la diáspora masiva de sirios debe ser abordada desde un punto de vista integral, que tenga en cuenta todos los inconvenientes en juego, así como todas aquellas partes afectadas por el conflicto, sin partir de la premisa de que este éxodo masivo tiene un origen claro y manifiesto, la guerra, y que únicamente existe una parte afectada, una víctima: el pueblo sirio.

Se ha escuchado, escrito y leído que ante esta avalancha incontrolable de refugiados, mal llamados en muchos casos inmigrantes o simplemente extranjeros, los Estados miembros de la UE, sus altos mandatarios, esto es, nuestros peces gordos, deben de reunirse una y otra vez en sus caras y distinguidas comitivas europeas con la excusa de retrasar ad infinitum una decisión que se antoja evidente, el rescate humanitario de cientos de miles de refugiados que llegan cada día a tocar a las puertas de nuestras patrias indiferentes.

Se ha escuchado, escrito y leído que la decisión sobre el reparto de refugiados por los diferentes países de la UE debe ser minuciosamente estudiada, delimitada de forma exquisita, diseccionada con bisturí de cirujano, con el objeto de que no existan abusos ni errores en la distribución de estos seres humanos, sin caer en la cuenta de que el panorama se asemeja más al mercadeo de mercancías materiales repartidas entre los mejores postores, aquellos que menos van a dar por este género de desecho humano falto de provecho.

Se ha escuchado, escrito y leído también que tras este mercadeo deshumanizado, y las trabas fronterizas vistas en estos últimos días, no obstante, los Estados miembros esperaban con los brazos abiertos las cuotas de captura asignado a cada uno, con ese brillo en los ojos de quien se sabe hacedor de lo correcto, vanagloriándose a sí mismos ante la opinión pública.

Todo esto se ha escuchado, escrito y leído. Pero más allá de todo ello, se ha echado en falta por parte de estos peces gordos de Europa, así como por parte de las altas esferas de la UE, un planteamiento más sencillo y simple. Un planteamiento mucho más racional, sensato y humanitario. Se ha echado en falta el haber escuchado, escrito y leído por parte de estos altos mandatarios algo eminentemente básico y esencial: la respuesta a la desesperación del pueblo sirio tendría que haber llegado antes, muchos antes, simple y llanamente, porque sí.

Así de sencillo: porque sí.

Porque existe la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, que sirvió de amparo a los ciudadanos europeos que escapaban del continente tras la II Guerra Mundial, y que ahora parece una montaña inservible de papel mojado.

Porque el sentido común del ciudadano de a pie en la UE viene solicitando desde el primer segundo una respuesta digna a esta situación dantesca del éxodo sirio que se viene repitiendo día tras día en televisión, prensa y redes sociales.

Porque es vox populi que mientras la guerra en Siria siga siendo el negocio de unos cuantos, que se forran con la venta de armamento, y de otros pocos (posiblemente los mismos) que esperan pacientemente a que todo acabe para volver a llenarse los bolsillos reconstruyendo lo que sus armas destrozaron, no se moverá un solo dedo para parar esta masacre.

Porque existe una ética y una moral que está por encima de convicciones religiosas, ideológicas, políticas, económicas y jurídicas, que se identifica con la concepción más plena de entender los Derechos Humanos, en la que coincidimos la mayoría de nosotros, simples mortales que vemos desde casa lo que está sucediendo, y que provoca un sentimiento de vergüenza ajena (y propia) de ver como Europa, como nuestros peces gordos, miran hacia otro lado en un drama y una pesadilla impropia del siglo XXI, donde las fronteras se llenan de concertinas y policías (y de alguna periodista desalmada) ante la llegada del invasor que viene a perturbar la paz social.

Este porque sí, evidente y elocuente, se ha echado de menos, y se sigue echando, en todo lo escuchado, escrito y leído hasta el momento procedente de las altas esferas europeas y nacionales.

ALEJANDRO PEÑA PÉREZ
INFANTE & PEÑA ABOGADOS

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