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viernes, 18 de septiembre de 2015
Una semana. Tan solo siete días desde que en mi último post en este blog hablara sobre las vergüenzas de Europa como continente y como ente político, por su abandono de una concepción esencial de la ética y la moral vinculada a los Derechos Humanos que debe predominar en estos tiempos convulsos en los que masas de refugiados procedentes de  todos los rincones llaman a las puertas de la “civilización”.

Siete días en los que uno pensaba que lo había visto todo en el trato degradante hacia los más desfavorecidos, hacia los humillados en su propia tierra, hacia los que han dejado atrás recuerdos, memorias y vidas mutiladas. Y a pesar de ello, resulta que en estos siete días de diferencia entre un post y otro, llego a la conclusión irremediable e irredimible de que la miseria del ser humano, especialmente la del especimen hominis politicus, rebasa cualquier entendimiento lógico, humano y razonable.


Nunca se me hubiera ocurrido pensar que vería a la Rotenmeller germana, después de vanagloriarse de que Alemania era un fértil vergel económico y humanitario para la acogida de refugiados, tener que agachar la cabeza en menos de 48 horas, meter el rabo entre las piernas, y dar orden de cerrar sus fronteras para evitar que la marabunta de langostas arrasara con sus cosechas.

Tampoco hubiese imaginado en la vida que estas medidas serían secundada spor República Checa, Eslovaquia, Holanda o Austria, ante una muestra de cinismo desmedido. Desde hoy, también Croacia.

Mucho menos, que la presencia del ejército patrio de estos Estados tuviera que hacer acto de presencia para garantizar la “seguridad nacional” y el “orden público” desestabilizado por esa panda de energúmenos bronquistas, denominados para el resto de la sociedad europea, refugiados.

Quien iba a pensar que con el cierre de fronteras vendría el uso indiscriminado de la fuerza, mangueras con agua a presión o gas lacrimógeno para amenizar el jolgorio de los valientes maderos y soldaditos parapetados tras sus escudos y con el brazo coercitivo de la irracionalidad en guardia.

Y para colmo de los colmos la guinda del pastel: los juicios penales iniciados por Hungría contra refugiados, estos delincuentes que entran en el país de forma ilegal y que merecen que caiga sobre ellos todo el peso de la ley, con penas de prisión inclusive, si hay algún listillo que quiera llamar la atención más de lo debido. Sí señor, como se suele decir por estas tierras: con dos cojones y un palito… ¡Viva el Estado de Derecho!

Ante todas estas barbaries del mundo civilizado, uno no puede sentir menos que vergüenza (propia y ajena) de ser europeo en esta Europa sin valores morales, humanos y humanitarios. Sentir asco de un sistema político e institucional profundamente degradado desde hace tiempo, que trata al refugiado como a un delincuente peligroso que hay que atar en corto, no vaya a ser que le demos la mano y nos quiera pillar todo el brazo. O sentir miedo de que la falta de empatía llegue tan lejos como para no ser capaz de identificar en el enemigo a batir a un crío de cinco, ocho, doce años, que absorto con lo que ve y con lo que padece solo alcanza a entender que huyeron de casa al abrigo de las bombas y las balas, mientras que a las puertas de Europa los reciben a base de rejas de acero, concertinas y baños con gas pimienta.

Siete días. Tan solo siete días. En que escaso tiempo es capaz de superar sus miserias el mayor de los involucionados derivados del ser humano, el gran responsable de esta deplorable situacion: el hominis politicus.

ALEJANDRO PEÑA PÉREZ
INFANTE & PEÑA ABOGADOS



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