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jueves, 22 de mayo de 2014
Mújica y los pobres del África.
Domingo por la noche. La Sexta. Salvados. Pepe Mújica. Primera sentencia: “Los pobres de África no son de África, son de nuestra humanidad”. Segundo veredicto: “El problema de la inmigración clandestina que se quiere meter en Europa se arregla arreglando la pobreza en África, y no construyendo muros”.

Que preciso y que simple. No hace falta decir más. A veces, las cosas son más simples de lo que nos quieren hacer ver. No más fácil, pero sí más simple, que no es lo mismo. A escasos tres días de la Elecciones al Parlamento Europeo del 25-M, uno se cuestiona cuál es el verdadero destino y cuál es el verdadero protagonismo, en primer lugar, de las migraciones en el panorama europeo, y en segundo término, del continente africano.


Hace cuatro años, en las anteriores elecciones europeas, me encontraba este cartel electoral en plena estación de trenes de Cádiz, como igualmente estarían por el resto de España y de Europa:


Su contenido y mensaje eran más que evidentes. Este año no he visto nada parecido. Formalmente se ha sido más prudente, aunque si acudimos a los Programas Electorales de los partidos políticos, los mensajes se adhieren más a esa fortaleza infranqueable que quieren que sean nuestras fronteras, el castillo medieval que debe ser la Europa de la Edad Media. Hay excepciones, sí, pero salvando los planteamientos de Izquierda Unida, pero sobre todo de ‘Podemos’, el panorama es desalentador para el (ser humano) inmigrante.

En un mundo donde todo está globalizado, donde el dinero y las mercancías fluyen de un lugar a otro del mundo, donde la era digital te permite acudir al instante al otro extremo del planeta, el pobre, sin embargo, está localizado, enclaustrado, secuestrado, maniatado en su propio país. En su propia tierra. Ya no existe la libertad de movimiento que preconizaba el Artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ya no es necesario. Solo se habla de cierre de fronteras, de seguridad interna, de control exhaustivo, de políticas de asilo más rigoristas e impermeables, de inmigración cualificada, etc…

Y de estas concepciones y políticas migratorias, la única sensación que me queda es que no aprendemos la lección. No somos capaces de mirar al prójimo a los ojos y entender que es lo que nos demanda, lo que necesita, que urge de nosotros. Como decía Mújica, los pobres de África no pertenecen únicamente al continente africano. Europa –todo el mundo- es responsable de su presente, pero sobre todo de su futuro (como también lo fue de un pasado colonialista y de expolio perenne). ¿Qué ser humano se prestaría a estar meses, años, en el camino si pudiera vivir dignamente en su tierra? ¿Qué persona aspiraría a malvivir lejos de casa, cuando pueden vivir dignamente en su propio país?

Hemos olvidado (o ni siquiera concebimos todavía) que ese axioma que Mújica sintetizaba en una pobreza humanitaria, globalizada y solidarizada más allá de las fronteras geopolíticas, no es solamente el presente que estamos viviendo, sino especial e irremediablemente, el futuro que nos espera si no se actúa como es debido. Hoy son 200, 300, 400 o incluso 1.000, las personas que acuden cada día a intentar saltar las vallas de Melilla y Ceuta. Pero quien nos dice que mañana o dentro de unos meses no pueden ser 10.000, 50.000 o 100.000 las personas que realicen ese mismo intento de entrada en Europa. ¿De verdad piensa alguien que un puñado de Guardias Civiles actuando ilícitamente, y vulnerando la Ley de Extranjería mediante las devoluciones en caliente, pueden hacer frente a un asunto de esta magnitud?  ¿O será el ejército el que controle la frontera exterior si esta supuesta hipótesis se llegara a dar algún día? ¿Cómo actuarían entonces? ¿Quién puede poner freno a una muchedumbre de 100.000 seres humanos hambrientos que avanzan por obligación, más que por deseo, hacia las puertas de Europa?

No hay que olvidar que cada año se tira a la basura millones y millones de euros destinados al control de fronteras, a los CIEs, a los viajes de ejecución de las expulsiones, a medidas represivas, que tendrían mayor valía y provecho si se destinaran a políticas cooperación y ayudas al desarrollo o a programas juveniles de empleo y formación. Hay un proverbio que dice ‘Dale a un hombre un pescado, y comerá por un día; enseña a un hombre a pescar, y comerá toda su vida’. Pues bien, la actual postura europea de estos últimos años se ha ocupado, no solo a no dar ese pez diario al hambriento, sino que en tiempo de crisis ha cerrado el grifo de las ayudas a la cooperación y al desarrollo, quebrando en dos las pocas cañas de pescar que existían y de las que dependían los más desgraciados. En consecuencia: de aquellos polvos, estos lodos.

Recuerdo nuevamente las categóricas afirmaciones de Mújica: “Los pobres de África ya no son de África, son de nuestra humanidad”. “El problema de la inmigración clandestina que se quiere meter en Europa se arregla arreglando la pobreza en África, y no construyendo muros”. Y vuelvo a sobreponerme de la realidad que nos rodea hoy. De los programas electorales. Del panorama del 25-M.

En 1789 la Revolución Francesa cambio el panorama político, social y humano sentando un antes y un después en la historia. Las primaveras árabes de estos últimos años, sentaron las bases de una nueva revolución de análogos proporciones. Y que decir de Ucrania. Quién sabe si, por no estar Europa haciendo bien las cosas, se esté acercando el momento en el que caiga la última gota que haga rebosar el vaso de la paciencia y el estoicismo del pobre en África, y nos encontremos viviendo un levantamiento de profundas magnitudes reclamando a Europa lo que es legítimamente suyo: pan, respeto y dignidad.

ALEJANDRO PEÑA PÉREZ
INFANTE & PEÑA ABOGADOS

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