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martes, 8 de octubre de 2013
Lampedusa: Vergogna… È una vergogna.











Vergogna... È una vergogna. Estas fueron las palabras pronunciadas por el Papa Francisco el pasado día 3 de octubre tras la tragedia ocurrida en las costas de Lampedusa. Y estas, y no otras, son las palabras propicias para intentar abarcar lo inabarcable. Para intentar concebir lo inconcebible. Para lograr entender algo que no resulta ni lógico, ni racionalmente entendible. Solo vergogna.

Esta vergogna, esta vergüenza por lo sucedido, hace que no pueda esperarme al jueves para publicar mi artículo, como es costumbre. Y es que yo también siento…

Vergüenza… de que exista un sistema político y migratorio que provoque estas masacres totalmente evitables, si las políticas fueran realmente migratorias y las migraciones fueran totalmente apolíticas.

Vergüenza… de saber que existe una casta política que tolera (y es participe) de este tipo de injusticias y desgracias que ocurren apenas a unos kilómetros de nosotros. En Lampedusa. En Canarias. En las costas gaditanas. Todos, cómplices desde el momento en el que se asume como cotidiano lo inhumano y se convierten en personas inertes y ajenas a un mínimo de empatía por el que cruza mares y tempestades.

Vergüenza… de que solo sea noticia la muerte de inmigrantes en nuestras costas, sin tener en cuenta los motivos que los impulsa a abandonar sus hogares en busca de un futuro mejor.

Vergüenza… de que la Unión Europea solo prevea posibles soluciones (más bien parches) después de ocurrida la tragedia de turno. Tenemos políticas e ideologías de ocasión, que nos empujan irremediablemente hacia la desidia y a señalarnos como involuntarios coautores de lo ocurrido en Lampedusa.

Vergüenza… de que la reflexión que suena en estos días sea aquella que achaca lo sucedido a una falta de controles fronterizos más severos y exhaustivos, tanto en origen como en destino.

Vergüenza… de que el único planteamiento serio que prevén las instituciones europeas sea una colaboración de conveniencia, y no una verdadera cooperación al desarrollo firma y sostenible. África solo existe para Europa en tanto perro de presa que evita las salidas masivas desde sus fronteras. Solo así se premia a la fiera por hacer bien su trabajo.

Vergüenza… de que personas (con nombre y apellidos) omitan el deber de socorro ante seres humanos que se debaten entre la agonía de la vida y la muerte. Espero que la conciencia les pase factura.

Vergüenza… de que en Italia se haya tipificado como delincuente al inmigrante irregular, castigando a la víctima y no al verdugo.

Vergüenza… de ver como Italia reconoce la nacionalidad italiana a título póstumo a todos los fallecidos en el naufragio, y sin embargo, trata como delincuente, procede a expulsar y a multar con hasta 5.000 Euros al resto de supervivientes. Derechos para el muerto. Escarmiento para los vivos. ¿Es esto Justicia?

Vergüenza… de no ser capaza de ver más allá de nuestras propias narices para darse cuenta de que esta película ya la hemos visto antes, y sin embargo, no hacemos nada para ponerle remedio. Lo más funesto es que ni siquiera nos lo planteamos.

Vergüenza… pura e infame vergüenza.

Un antiguo profesor de la carrera hacia una reflexión en alto en sus clases de Filosofía del Derecho. Decía que al día mueren miles de niños de hambre en el mundo, y que la sociedad se podía enfrentar a esta lacra con dos posibilidades para acabar con el problema: bien, buscar medios y aportar una solución real que acabe con el hambre en el mundo, o bien esperar a que los niños se acaben muriendo de hambre, y con ello se acabe también el problema.

Esta reflexión, aunque inhumana y cruel, puede ser también aplicada a la tragedia sufrida en Lampedusa y en otros tantos lugares de las costas europeas. ¿Qué se está haciendo realmente? ¿Crear políticas migratorias eficaces y eficientes que no giren en torno a los intereses eurcentristas, y que tengan como destinatarios reales los intereses de los países de origen de la inmigración? ¿O más bien se está esperando que las tragedias se sigan sucediendo una tras otra, y así esperar de brazos cruzados a que el problema se acabe solucionando por sí mismo, muerte tras muerte?

Mientras que no se dé una respuesta clara y firme a esta reflexión, solo cabe una única conclusión para lo sucedido en las costas de Lampedusa: Vergogna... È una vergogna.

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