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jueves, 4 de julio de 2013
Cruce del Estrecho, un camino sin retorno














El silencio lo invade todo. No se escucha un alma. Todos caminan con sigilo hacia el mar. La luna como único testigo de un viaje arriesgado: cruzar el Estrecho.

No saben cuántos son, o no quieren saberlo. Cada inmigrante está concentrado en el secreto de la noche, en no despertar a la tempestad de un mar en calma que se erige en único juez de sus destinos. De todos y cada uno de sus destinos. Confidentes de sus propios proyectos de futuro, anhelan llegar a Europa y pisar la tierra prometida.

Poco a poco, van invadiendo la embarcación. Hoy es una patera. Ayer una zodiac. Mañana una simple embarcación de juguete para niños usada por adultos en un arriesgado y desesperado cruce del Estrecho. Tan solo 14 kilómetros de distancia, pero 14 kilómetros de equilibrismo sin red. 

El silencio es sobrecogedor. Solo se escuchan las leves olas que zarandean la embarcación de un lado a otro mientras acaba por llenarse. Se amontonan unos contra otros. Son muchos, y algunos envites de las olas escupen agua hacia dentro de la nave. La luna mira desde el cielo negro, incapaz de arrojar algo de luz en este camino sin retorno que está a punto de iniciarse.

Y los recuerdos invaden las vidas e historias de cada uno de estos intrépidos inconscientes con un mismo denominador común: el abandono de su tierra buscando un futuro mejor…

Todos tuvieron que abandonar su hogar por falta de medios y por el miedo a faltar a sus responsabilidades familiares como padres, hijos, cónyuges, hermanos, amigos… Sin trabajo, sin comida, sin esperanzas por un futuro mejor. A veces con guerras, violaciones, explotación, abusos de Derechos. Zonas desoladas por las catástrofes de la naturaleza, pero especialmente, por las catástrofes humanas. Las partidas son difíciles, el destierro voluntario por el bien del grupo se asume como necesario, y la salida, inminente, meditada e inconsciente, termina llegando.

Pero el pasaje no es un camino de rosas, sino más bien una odisea. Algunos consiguen llegar a Marruecos en unos meses. Otros necesitan invertir años en ese mismo trayecto. Las distancias, las aventuras, las penurias, y las vivencias son muy diferentes de una persona a otra. Cada vida es un mundo: días e incluso semanas cruzando desiertos (algunos, espaldas mojadas del Sahara, jamás saldrán de sus dunas); secuestros y víctimas de trata de personas; violaciones, explotación sexual, trata de blancas; explotación laboral, condiciones infrahumanas y esclavizadoras; palizas y agresiones.

Otra veces el camino resulta más liviano y el transito se realiza por etapas, trabajando aquí y allá para conseguir algo de dinero con el que continuar el viaje hacia el norte, hacia Marruecos.

Pero las dificultades y penurias no acaban con la llegada a las costas marroquíes. La espera a una oportunidad para poder cruzar el Estrecho no siempre es inmediata. Los costes también son un problema. Las mafias cobran el cruce en una patera con cifras que oscilan entre los 2.000 y 5.000 Euros (dependiendo del precio, algunos traficantes de personas garantizan varios intentos en caso de ser interceptados y devueltos). Otros optan por intentar cruzar en los bajos de un camión o en el interior de un coche, despiezado previamente para ser encasquetados en ellos, como si de una pieza de puzzle se tratase. Los que disponen de menos medios arriesgan más sus vidas y en una balsa de juguete se consuelan a cruzar este mar titánico que transita entre las columnas de Hércules.

Por tierra los medios son distintos, pero con idénticas consecuencias. Muchos acuden a las inmediaciones de Ceuta y Melilla para intentar saltas las vallas fronterizas. Una triple valla con más de seis metros de altura coronadas con espinas de acero en las que todavía quedan restos de los últimos cuerpos que intentaron atravesarlas. Sangre de Modou… jirones de piel de Rachid…. cabellos de Amy… ropa despeluchada de Clement…

Algunos consiguen pasar. Otros tienen que volver derrotados en la batalla, pero deseosos de vencer en su guerra particular por una vida digna. Los supervivientes en tierras marroquíes se esconden en las montañas, al refugio de su suerte. En campamentos improvisados por la miseria y la fe, aguardan al próximo intento. Alá es grande, quizás haya más suerte la próxima vez.

Mientras tanto, evitan caer en manos de la gendarmería, brazo duro, ilegal e ilegitimo que marca los cuerpos y vergüenzas de estas víctimas de la miseria y de un mundo al borde de la desdicha. El monte Gurugú es testigo de ello. El miedo y el pánico se hacen dueño de los campamentos clandestinos cuando en medio de la oscuridad de la noche, todos corren sin sentido intentando escapar de la música de una orquesta violenta y desafinada que quiebra piernas y brazos, abre sus cabezas y yaga la piel de sus cuerpos como labios que gritan… Las cicatrices psíquicas y morales son aun peores que las físicas. Y todo ello con la impunidad como único testigo, porque la luna ya no puede mirar tanta masacre.

Cruce del Estrecho, un camino sin retorno

Tánger, Ceuta y Melilla son los pasos fronterizos improvisados en un proyecto migratorio que no entiende de fronteras ni visados. El único requisito necesario es tener esa valentía desconfiada, instintiva e irracional de asumir cruzar hacia Europa sabiendo que se puede morir en el intento. Esta vía de acceso no viene reconocida en la Ley de Extranjería, aunque por estos lares eso importa poco. Lo importante es entrar, luego ya se verá…

Abandonados los recuerdos y las vivencias sufridas, la embarcación se mece mar adentro. La moneda se ha lanzado al aire, la suerte ya está echada. Alea iacta est.

Mientras rezan por llegar sanos y salvos, nadie caerá en la cuenta de que probablemente sus cuerpos se irán entumeciendo. No sentirán los pies. No sentirán las piernas. No sentirán las caderas. La sensibilidad de sus dedos irá desapareciendo poco a poco entre la oscura y fría noche. La mar irá acunando la patera entre las olas, dejando a su merced el destino de estos niños, hombres y mujeres. La mar irá también venciendo a la embarcación, e irá forzando, forjando y minando su dureza. Nadie será consciente de que el agua salada y el combustible vertido irá quemando sus pieles. Únicamente cuando se quiten las ropas heladas, el dolor los hará despertar cuando noten que se desollan vivos y que su piel pegada a las prendas deja en carne viva un pedazo de su ser.

Quizás estos sean los afortunados. O no. Unos llegaran sanos y salvos a las costas andaluzas. Allí, como decía Sabina, la Guardia Civil les decomisará el sudor y la sonrisa, las postales de Estoril, sin posada, sin escudos y sin visa, dando con sus huesos en las mazmorras de un CIE hasta que se resuelva su devolución o expulsión del país. Otros quizás corran mejor suerte y consigan escapar a su suerte y deambular en busca de ese sueño anhelado.

Pero habrá muchos otros que no consiga salir de las aguas del Estrecho. Que en una llamada desesperada de socorro solo consigan escuchar cantos de sirena mientras sus sueños, sus miedos y sus fobias se hunden al mismo tiempo que esa patera, zodiac o embarcación de juguete que los metió en medio de ese infierno helado. Sus ojos mirarán en todas direcciones buscando ese clavo ardiendo al que agarrase en mitad de la nada. El Estrecho no perdona, y la muerte silenciosa ahoga los gritos angustiosos mientras que las olas tapan con su manta la luz de otras vidas.

Una muerte silenciosa. Una muerte agónica. Una muerte innecesaria en un mundo donde unos tienen tanto y otros tan poco. Una muerte sin espectadores ni testigos…

… porque incluso la luna, hace tiempo que se cansó de ser el único testigo de tantas injusticias.

En honor a todos los seres humanos desaparecidos
y olvidados en las aguas del Estrecho de Gibraltar.

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