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jueves, 27 de junio de 2013
Inmigración y emigración: Pasado, presente y futuro.











Esta semana se han publicado dos noticias relacionadas con inmigración, que además de ser merecedoras de ser destacadas, son al mismo tiempo contradictorias, al menos a mi modo de ver.

La primera (‘La población española cae por la fuerte salida de extranjeros’) recogía la última actualización anual del censo que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE), según el cual la población española ha descendido por primera vez desde 1971, certificando el primer retroceso de la población española en el registro demográfico oficial desde el año 1857. En esta noticia se plasma la salida del España de 59.724 españoles (muchos de los cuales son extranjeros nacionalizados) y 417.043 extranjeros. Y en concreto, la mayor salida de extranjeros que de llegada de los mismos.

La segunda de las noticias a destacar (‘España necesitará otro boom de inmigrantes después de la crisis’), publicada dos días antes, realiza un retrato sobre el perfil del extranjero actualmente, incidiendo en la necesidad de población extranjera a partir de 2015, con el fin de compensar el déficit de la natalidad española y de mano de obra eficiente que ayude a levantar el país y nos proporcione un salvavidas para el maltrecho sistema de pensiones.

Por un lado, la salida de extranjeros fuera de nuestras fronteras, se vende como causa de la crisis. Se cuantifica los empleos perdidos por la población extranjera en unos 900.000 y una tasa de paro en el primer trimestre de 2013 el casi un 40%. Por otro, se defiende como motor indispensable de la recuperación económica y social al colectivo inmigrante, con tasas de natalidad más altas que la española y mano de obra necesaria. Pero al margen de la crisis económica, en este blog vengo reiterando desde sus inicios, la innegable crisis humanitaria y de valores impuestas por quienes ostentan el poder (antes y ahora). Existe una clara contradicción en el mensaje que se envía a la población inmigrante, pero especialmente a la sociedad en su conjunto: nos sobran inmigrantes, pero resultan necesario. O a la inversa, resultan necesarios los inmigrantes, pero nos sobran. Tanto monta, monta tanto…

Desde mi punto de vista, esta contradicción evidente tienes sus causas más allá de la mera crisis económica. En efecto, esta contradicción viene generada por una negligente, apática, e insuficiente gestión de las políticas migratorias. Los poderes públicos no han sabido asimilar el fenómeno de las migraciones y darle una respuesta coherente, social y humanitaria, evitando incidir en señalarles a ellos (no los nuestros, sino los otros) con cierta culpabilidad de lo que le viene ocurriendo al país. Las deficientes políticas en materia de inmigración así lo demuestran.

Bajo mi punto de vista, se ha fallado en la concepción adecuada del Derecho de Extranjería, con pasos atrás en el reconocimiento de Derechos, y criticada por los operadores e instituciones jurídicas especializadas en la materia. Se ha fallado también en las políticas de integración e inserción social de los extranjeros en España, lo cual genera ciertos comentarios xenófobos que no se adecúan a la realidad (como ese que se escucha a veces de que existen 5 millones de parados y al mismo tiempo 5 millones de extranjeros en España… algo sobra en este país. Argumento, por cierto, utilizado en Alemania en la crisis del petróleo en los años 70). Se ha fallado también en no saber plasmar la enorme riqueza cultural que tantas nacionalidades diferentes pueden aportar a una sociedad multicultural como es hoy España.

Pero sobre todos estos errores, ha fracasado de manera especial el no haber inculcado en la sociedad, especialmente la de los últimos 50 años, que hasta hace muy poco, en los años 50, 60 y 70, los españoles fuimos inmigrantes sistemáticos que diseminamos Europa y Latinoamérica de forma permanente. En ese momento, las fronteras no eran tan extensas, no existían vallas tan altas que saltar, y los visados no eran una burocracia interminable más propia de ‘El Castillo’ de Kakfa que de una Administración. Nos movíamos sin los férreos controles que hoy existen.

Las cosas han cambiado, y las migraciones, y los inmigrantes, han cambiado de bando. Ahora, como nuevos ricos, vemos la vida pasar desde nuestro palco privilegiado y ponerse en la piel del inmigrante ya no nos resulta tan necesario. Y quizás con este comportamiento, no seamos conscientes de las futuras consecuencias que ello puede acarrear. ¿Quién nos dice que el comportamiento que llevamos dando durante los últimos años a los inmigrantes que llegan no sea el mismo que vamos a comenzar a recibir nosotros ahora, que nos da por tener que descubrir de nuevo el nuevo mundo (aunque algunos se les llenen la boca hablando de eso que se denomina ahora como “movilidad exterior”)? ¿Quién puede poner en duda que la experiencia es un grado, y que el día de mañana, enterrada la crisis, el nuevo inmigrante que pretenda regresar a Europa, escarmentado, elija opciones más atrayentes que la aventura española? ¿O acaso tú no tendrías memoria?

Lo que sí es cierto es que creo que la sociedad, pero especialmente los poderes públicos, no acaban de ser conscientes de todos los beneficios que la inmigración ha aportado, aporta y seguirá aportando. Y la segunda de las noticias citada solo se centra en las más inmediatas, utilitaristas y materiales: baja natalidad, necesidad de mano de obra y  sostenibilidad del sistema de pensiones (y del resto del Estado del Bienestar). Tienen que ponernos los números y el interés delante de las narices para que queramos ver una realidad aplastante. Y aun así, seguro que a algunos todavía les cuesta.

En fin, como dice el proverbio, quizás sea que los arboles no nos dejan ver el bosque…

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