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jueves, 16 de mayo de 2013















Como cito en el titular del artículo de esta semana, y a pesar de que estamos en pleno siglo XXI, no dejan de sucederse noticias, una detrás de otra, sobre la constante situación de vulnerabilidad en la que se encuentra la mujer. Da igual la parte del mundo en la que viva. “Civilizado” o “menos civilizado”. Desarrollado o en vías de desarrollo. Los Derechos Humanos más básico son pisoteados hoy día como si de la común de las cosas se tratara.

Sorprende especialmente que en pleno siglo XXI, el espejo en el que la mujer se mira y mide sus Derechos no devuelva la imagen equivalente que debe reflejar todo espejo. No existe esa simetría imperativa. Al contrario, el mundo devuelve un retrato desfigurado por violaciones, vejaciones, discriminación, vulneración de Derechos, etc… que se han asumido como cotidiano. Como algo normal que el día a día no hace sino corroborar. Tristemente. 
Y muestras de ello no faltan. 

En Pakistán, por ser mujer, Malala Yusafzai, de tan solo 14 años, fue tiroteada por defender su Derecho a poder estudiar (1). También en Pakistán, todavía se sigue usando a la mujer como moneda de cambio para solucionar disputas familiares (2).

En la India, por ser mujer, el peligro de ser violada es una constante que se ha incrementado en los últimos meses. Violaciones de niñas de tan solo 4 y 5 años hablan por sí solas (3) y dejan en evidencia cierta permisividad ante leyes laxas y estériles en una sociedad de castas eminentemente patriarcal. En concreto, el Centro para los Derechos Humanos de Asia (ACHR) ha registrado un total de 48.338 violaciones a menores entre los años 2001 a 2011.

En Afganistán, por ser mujer, Gulnaz, de 19 años, fue condenada a 12 años de prisión por ser violada (4). Las leyes afganas consideran la violación por un hombre casado un delito de adulterio cometido por la mujer. Sí, atrozmente irracional e ilegítimamente inhumano.

En Afganistán igualmente y a pesar de leves cambios, por ser mujer, deben sufrir la imposición del burka, una prenda que niega a la propia mujer, la deshumaniza y las aprisiona bajo una reja de tela.

De manera más global, en África, por ser mujer, cada año se practican 2 millones de mutilaciones genitales, habiéndose alcanzado ya más de 135 millones de ablaciones entre mujeres y niñas. Según cifras manejadas por Amnistía Internacional, cuatro niñas son mutiladas cada minuto en el mundo (5).

Pero no solo en estas zonas del mundo se oprime a la mujer en pleno siglo XXI.

La situación de impunidad en Ciudad de Juárez, Méjico, es una muestra más de esa masacre que muchos no dudan en calificar como feminicidio, que se perpetúa en el tiempo sin que parezca ofrecer visos de acabar. Nuevamente, por ser mujer (6).

En El Salvador, por ser mujer, Beatriz, estando enferma con lupus y con alto riesgo de morir a causa del embarazo, a pesar de que el feto está diagnosticado de anencefálico (falta de gran parte del cerebro y el cráneo) y es prácticamente seguro de que morirá nada más nacer, Beatriz no puede abortar por estar penado en todos los casos. En este caso no estamos hablando del Derecho a decidir, sino simple y llanamente, del Derecho a la Vida.

Aquí mismo, en España, por ser mujer, las víctimas de violencia de genero son una constante despreciable que sigue año tras año, sin que se consiga frenar de una vez por todas. 73 muertes en 2010; 61 en 2011; y 52 mujeres asesinadas el pasado año. En total, casi 700 muertes provocadas por esta lacra social desde 2003.

Pero este problema no se da solo en España, sino que se extiende a distintos países occidentales. O como dirían otros, del mundo civilizado.

Esta lacra también salpica a Latinoamérica, según el último informe de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, donde, por ser mujer, la violencia de género sigue siendo una autentica herida social, especialmente sobre las mujeres indígenas y afro-descendientes, particularmente expuestas a actos de violencia física, psicológica y sexual (7).
Y no nos engañemos, también es inmutable la explotación sexual de mujeres y niñas en todo el mundo, primeras víctimas del VIH y de otro tipo de enfermedades venéreas o no venéreas. O la discriminación de género que repercute en su libertad al pleno desarrollo, en el ejercicio de Derechos básicos, en cuestiones propias del día a día, en ámbitos tan cotidianos como el social, el laboral, el familiar… ¿Por qué la mujer sigue soportando la carga del hogar a pesar de haber asumido las mismas o incluso más responsabilidades que el hombre? ¿Por qué una mujer no cobra lo mismo que un hombre por realizar el mismo trabajo en pleno siglo XXI?.

Igualmente, la mujer sigue siendo víctimas de los roles preestablecidos por la sociedad (la propia o la ajena) que todavía hoy, en pleno siglo XXI, tiene encorsetada a la mujer sin permitirle que pueda respirar profundamente.

En definitiva, lo único cierto es que la mujer, desgraciadamente, cuando se mira en el espejo de los Derechos, sus Derechos, el espejo no le devuelve su retrato idéntico. Ese espejo todavía, en pleno siglo XXI, devuelve un retrato parcial y desfigurado, donde sus Derechos más básicos en ciertos aspectos de la vida común aun no tienen la consistencia y solidez que debía de esperarse a estas alturas de la película.

Mientras el espejo siga devolviendo ese retrato incompleto de Derechos no reconocidos de forma plena, la mujer no será reconocida como ser humano en igualdad de condiciones respecto al hombre. Y no me refiero a un reconocimiento teórico y artificial como el que “disfruta” actualmente, sino a un reconocimiento práctico, pleno y eficaz de Derechos.

Hasta tanto en cuanto eso no ocurra, y hasta que no nos encontremos con una civilización civilizada, la situación de la mujer será la del cuento de la cenicienta. En este caso, y después de tantos siglos transcurridos: una cenicienta permanente.

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